Contacto Guanajuato

octubre 6, 2007

Entrevista de marta Asegun al universal

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octubre 4, 2007

LOS SIETE PECADOS CAPITALES DE FOX

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Cuando Tomás de Aquino (1225-1274) definió los siete pecados capitales, se preocupó por aclarar que no era la lista de los más condenables por Dios y por el hombre. No consideró, por ejemplo, el asesinato, la mentira, el adulterio o la idolatría, que desde tiempos de Moisés –cerca de 2488 en el calendario judío, 1272 a.C. en el cristiano– quedaron en las Tablas de la Ley (o Diez Mandamientos), y hasta hoy son parte medular en las reglas de convivencia social de Occidente, Medio Oriente y extensas sociedades en todo el planeta.
Santo Tomás, padre fundador del cristianismo, concibió los “siete pecados capitales” como aquellos capaces de arrastrar la naturaleza humana hacia mayores profundidades. Al hablar de “capitales” no se definía su magnitud, sino su poder para dar origen a otros pecados. Los detalló como una especie de imanes de la maldad –en términos coloquiales– que arrastran hacia abismos todavía más profundos.
El filósofo enumeró siete: vanagloria, avaricia, glotonería, lujuria, pereza, envidia, ira. Otros ideólogos del cristianismo los ratificaron sin cambios en los siglos posteriores, y así, confirmados, los recibimos hasta nuestros días.
Al hablar de los “siete pecados capitales” de Vicente Fox Quesada, la lista no define, entonces, los “más graves”, sino aquellos que, siguiendo la tradición tomasina, lo condujeron a sus propios abismos durante su mandato presidencial, que abarcó de 2000 a 2006.
No se refieren a su vida personal. Hablan del hombre en el ejercicio del poder; el individuo al que una mayoría calificada de mexicanos entregó el más alto honor de la República, en una elección (julio de 2000, hoy parte de la historia del país) en la que se venció, además, al régimen político que gobernó desde el fin de la Revolución de 1910 y hasta los primeros 11 meses del siglo XXI.
Al calificar los siete pecados, cauto y sabio, probo y generoso, Tomás ofreció también las siete virtudes que los derrotan, y que dan a la naturaleza humana esperanzas frente a la tentación. Las siete virtudes para los siete pecados capitales de este padre fundador son: humildad, generosidad, castidad, paciencia, templanza, caridad, diligencia. Ellas, dijo, ofrecen un el sendero hacia la santidad y permiten escapar de las debilidades de este mundo.

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Durante la campaña presidencial y en los primeros meses de su mandato, Vicente Fox Quesada fue advertido como un hombre echado para adelante. Sus promesas y afirmaciones tajantes jamás se asociaron con la retórica del político tradicional mexicano, de cuyo cliché estaban hartos los votantes: ese soberbio que ganaba todas, que doraba la píldora, que ofrecía “el oro y el moro” con discursos vomitivos y que una vez en el poder se olvidaba de los compromisos y gobernaba para los intereses del círculo cercano.
Con el tiempo, el hombre echado para adelante se confirmó como un simple vendedor de promesas. Otro más de una larga lista. Todavía al final de su mandato prometió al presidente electo, a Felipe Calderón, que resolvería el conflicto de Oaxaca antes de irse, el primero de diciembre. No cumplió. Como tampoco cumplió la cascada de ofrecimientos que hizo al electorado durante la búsqueda de votos, o en su discurso de toma de posesión, el 1 de diciembre de 2000, ahora convertido en un documento histórico que servirá para medir, por encima de cualquier argumento, el resultado de su gestión.
Los compromisos contundentes se asociaron a una actitud bravía. Al no cumplirse, se revelaron, más bien, como soberbia. No resolvió Chiapas en 15 minutos. No hizo crecer al país al 7 por ciento. No transformó PEMEX “en una empresa manejada con criterios de eficiencia y sujeta a criterios de vanguardia a nivel mundial, administrada honestamente”. No gobernó alejado del culto a la personalidad. No logró la “reforma que garantice el crecimiento con estabilidad para que nunca más nuestros jóvenes tengan que dejar su hogar y emigrar a otro país”. No llevó a los mexicanos “a que vivamos seguros, sin temor ni angustia”, ni a “que disfrutemos de la vida sin asaltos ni vejaciones”. No atacó “el origen de muchos de nuestros males”, que “se encuentra en una concentración excesiva de poder”, ni cumplió en la Reforma del Estado que “deberá garantizar el fortalecimiento de un ejercicio del poder cada vez más equilibrado y democrático”. “Los grandes corruptos del pasado, del presente y del futuro” no rindieron cuentas. No hubo una “nueva relación entre los pueblos indígenas y el Estado Mexicano”, y tampoco “en México y Chiapas” hubo “un nuevo amanecer”.
La soberbia de Fox sirvió además para acentuar su ingenuidad y su impericia política, que tantos dolores de cabeza provocaron a su mandato. Dos gotas (sendos ejemplos) derramaron su vaso: se convenció de que era capaz de imponer a Santiago Creel como sucesor –después de que fracasó en abrir camino a su esposa–, aunque su ego padeció algo más que un raspón cuando Felipe Calderón ganó la postulación en su partido; se pensó “amigo” del poderoso George W. Bush, y creyó que podía hablar con mando, al tú por tú, con el político más experimentado del continente, Fidel Castro, y lanzó con arrogancia aquel desafortunado “comes y te vas” con las consecuencias que el mundo conoce.
Hubo arrojo y valentía, sin duda. Pero en la patada al féretro del PRI había, también, una generosa cantidad de soberbia. •

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Vicente Fox fue un hombre avaricioso. Bien tratado por las encuestas, se sintió con atributos para extender su influencia, por varias vías y en diferentes momentos, más allá de su periodo presidencial. El primer tramo de su sexenio impulsó a Martha Sahagún, su esposa, hasta hacerla ver como posible sucesora, campaña que le ganó críticas no sólo en México sino también en el extranjero. Buscó, más adelante, apuntalar en la carrera por Los Pinos a su secretario de Gobernación, Santiago Creel Miranda, un político gris que sumó al gobierno de Fox más conflictos que soluciones, entre resbalones e inseguridades personales. Avanzado el segundo tramo de su gestión, el presidente intentó colar a su secretario de Relaciones Exteriores, Ernesto Derbez, en la Organización de Estados Americanos (OEA), y dos veces a Julio Frenk en la Organización Mundial de la Salud (OMS), sin éxito.
Entretenido en apuestas que resultaron inviables, no reparó en que otros grupos políticos totalmente ajenos a él –e incluso del régimen anterior– ganaron sigilosamente posiciones de suma valía en el contexto internacional. Le comieron el mandado. Casi en solitario, José Ángel Gurría, el ex secretario de Hacienda de Ernesto Zedillo, trabajó su candidatura y obtuvo la secretaría general de la Organización para la Cooperación y el Desarro-llo Económico (OCDE), un organismo de enorme prestigio, heredero del Plan Marshall que levantó a Europa de las ruinas de la postguerra. Mientras, el diplomático y político Bernardo Sepúl-veda Amor, ex secretario de Relaciones Exteriores con Miguel de la Madrid, fue elegido Juez de la Corte Internacional de Justicia por un periodo de nueve años a partir del 6 de febrero de 2006, con la apabullante cantidad de 158 votos de la Asamblea General y 12 del Consejo de Seguridad de la ONU. Ambos cargos habían estado muy lejos para cualquier mexicano. Se ganaron, por encima del presidente de México.
Fox, en cambio, fue perdiendo amigos, estrategas que lo llevaron a Los Pinos y colaboradores realmente cercanos. Eduardo Sojo, Ramón Muñoz y Martha Sahagún sobrevivieron a las purgas o fueron la contraparte ganadora de ellas. Pero el sexenio se cubrió de cadáveres. Jorge G. Castañeda, Lino Korrodi, José Luis González, Carlos Medina Placencia, Carlos Rojas… muchos fueron saliendo de su equipo. En muchos casos se argumentó un desencuentro con la esposa del presidente y su equipo cercano. Fox jamás aceptó una crítica hacia su pareja. “Es parte del cambio el que la señora Marta haya tenido las faldas para demandar a una revista”, comentó sobre la acción legal de la señora Fox contra Proceso por la publicación de fragmentos del libro Crónicas malditas de Olga Wor-nat. Nada extraño, si él mismo piensa que “a María Félix la recordaremos como la gran impulsora que fue del cambio democrático del país”. “Las legisladoras se la pasan en puro perdedero de tiempo, no sé para qué las eligieron”, espetó cuando señalaron los gastos en vestimenta de Marta Sahagún, en julio de 2005.
Pocas veces tuvo un trato generoso para aquellos que lo sirvieron. “El camino ahora está claro, el camino ahora está despejado. Hemos quitado nubarrones”, dijo el 28 de abril de 2005, cuando el Procurador General Rafael Macedo de la Concha renunció, después de servirle como ariete en su guerra personal contra Andrés Manuel López Obrador. “Al mismo Jesucristo se le fue uno entre los 12, aquí también se nos fue uno, ni modo”, dijo el 9 de julio de 2004, cuando el vocero, Alfonso Durazo Montaño, dejó el gobierno federal. •

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Al definir la lujuria como uno de los siete pecados capitales, Tomás de Aquino se refirió al “deseo sexual desordenado e incontrolable”. Por eso recomendó la castidad como virtud para derrotarlo. El filósofo vivía un periodo fundacional y místico: el medioevo. Se entiende.
Con los siglos, sin embargo, la “lujuria” como “pecado capital” fue adquiriendo un sentido más amplio; es el deseo carnal desmedido, aún cuando no sea sexual. Es un deseo incontrolable… incluso por uno mismo. Esa última acepción de “lujuria” es la que permite este apartado.
Vicente Fox fue tentado por –y cedió a– este deseo desmedido. Él, y los que gobernaron con él, estuvieron siempre cerca de la adulación, no aquella del viejo régimen, militante y ciega, sino la que reconoce el arrojo y el carácter: finalmente fue él quien supo conducir los anhelos de cambio de la sociedad. Y eso no fue poca cosa. Venció a un aparato que mantuvo el control férreo durante 70 años.
Quizás sabedor de que podría fácilmente generarse, dentro y fuera de Los Pinos, un culto a su persona, desde el primero de diciembre de 2000 expresó su deseo de blindarse. “Gobernaré alejado del culto a la personalidad y de toda concepción patrimonialista del poder”, prometió. “No buscaré más privilegio que el de servir. Esta misma convicción les exigiré a quienes integran mi equipo de gobierno. Les exigiré también cuentas por actos de corrupción de sus subordinados”, señaló. Pero al poco tiempo abandonó su intención. Su sexenio, como ningún otro en el pasado, se alimentó de encuestas. Para Fox, mantener índices altos de aceptación fue muy importante. Tanto que, según los analistas políticos, el crecimiento en la popularidad de Andrés Manuel López Obrador lo sintió como una afrenta personal.
Al final de su mandato, cuando dejó de ser el centro de todas las atenciones, Fox mostró su depresión y desencanto: la paga de este pecado: la lujuria. Lo muestra en el desgarbo y desgano con el que el 31 de octubre concedió, en Los Pinos, una entrevista con la agencia EFE de la que Telemundo difundió internacionalmente el off the record. Un Fox frívolo y deprimido no tiene empacho en decir, mientras se acomoda frente a la cámara y le ajustan el micrófono: “Ya hoy hablo libre, ya digo cualquier tontería, ya no importa. Ya total, yo ya me voy”. •

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Vicente Fox no fue, en el fondo, muy diferente a la gran mayoría de los presidentes totalitaristas del México de la postrevolución. Es cierto que durante su sexenio se disfrutaron nuevas libertades y aires de transparencia; tan cierto como que estos avances no fueron concesiones de su mandato, sino el producto de años de lucha de una sociedad que no sólo conquistó y cosechó estas libertades: también lo llevó a él a la Presidencia y le entregó un país en paz, con una revolución de terciopelo que fue tajante con el partido que tenía 70 años en el poder, y suave como para no poner en riesgo la añorada transición hacia una normalidad democrática.
Fox, quien en su trinchera en la oposición padeció la persecución del viejo régimen, no tuvo empacho en responder con ira ante sus adversarios o simples retadores. A pesar de ser de su mismo partido, castigó, regañó en público y corrió de la Secretaría de Energía a Felipe Calderón, hoy presidente de México, cuando éste ejercitó –contra la voluntad presidencial– su derecho a competir por la máxima candidatura. Al mismo Acción Nacional, que lo puso en el poder, lo mangoneó y lo dejó fuera del gobierno durante gran parte del sexenio. Al Congreso, cuyas decisiones había prometido respetar, lo criticó y hasta puso en duda en varias ocasiones su rol en el equilibrio de Poderes (usando incluso tiempo en cadena nacional) por, es uno de muchos ejemplos, vetar sus giras internacionales. No tuvo recato al responder personalmente y fuera de guión a quienes cuestionaron a su esposa, Martha Sahagún, o a miembros de la familia de ambos. Descalificó o menospreció a examigos o excolaboradores. Lino Korrodi, uno de tantos, aseguró al final del sexenio que le tocó ver a un Fox amenazante, lleno de ira: “Si yo hubiera querido, te hubiera chingado la PGR”, dijo el presidente el lunes 4 de octubre de 2004 a Korrodi, si se cree la versión del creador de Los Amigos de Fox.
Su ira tuvo rostro oficial: Rubén Aguilar. El vocero de Los Pinos fue una pistola humeante que cada mañana disparó, descalificó o respondió a críticos y adversarios. Aguilar, pocas veces informativo y regularmente la personificación de la intolerancia, bautizó como “Señor López” al que fuera jefe de gobierno del Distrito Federal. Fue el frente más activo del presidente “del cambio” en el angustiante, cuestionable y socialmente riesgoso capítulo del desafuero de Andrés Manuel López Obrador, el gran adversario político de Fox, el hombre que subió a su monte y lo tentó hasta hacerlo caer no en uno, sino en varios de los pecados capitales que condena la cristiandad. “Mi gobierno vomita la demagogia, el populismo, el engaño y la mentira”, dijo un Fox colérico y derrotado por el pecado de la ira, frente rarámuris miserables (un 21 de febrero de 2006) y ante el azoro nacional. De ese tamaño era el odio. •

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Pocos presidentes tuvieron una mesa tan bien servida al inicio y durante todo su mandato, como Vicente Fox Quesada. Y pocos, si no es que ninguno, fueron tan negligentes en el aprovechamiento de las viandas. El primer mandatario del siglo xxi tuvo en su comedor por lo menos tres –fueron más– fuentes de bendición: la primera, fundamental, fue recibir de su antecesor, Ernesto Zedillo, una economía en marcha, algo no visto en treinta años de rutinarias crisis transexenales; la segunda fue un Banco Central responsable y autónomo que le garantizó estabilidad en variables económicas clave; y una tercera fuente de abundancia fueron los bastos recursos adicionales que su administración recibió sin proponérselo: del aumento internacional del precio del petróleo, de las remesas de mexicanos en el extranjero, del turismo.
Las variables que no recayeron en la responsabilidad de Fox fueron justamente las que evolucionaron positivamente. Tipo de cambio, inflación, tasas de interés o reservas internacionales fueron mejores en este sexenio que en el último del PRI, sí, pero su manejo correspondió a Guillermo Ortiz, gobernador del Banco de México. Sin embargo, la generación de empleo, el crecimiento económico o la productividad, que son atribución directa del Ejecutivo, tuvieron retrocesos o no alcanzaron las metas propuestas. (Ver recuadro).
Vicente Fox pecó de gula: se le llenó la boca al presumir –más en tiempo electorales– un modelo que supuestamente garantizó una economía estable y en marcha, pero más mexicanos se fueron al desempleo o se vieron obligados a migrar a Estados Unidos por necesidad. La mesa del sexenio 2000-2006 estuvo colmada de viandas. Los pobres siguieron a la espera del bienestar. Y el paquete de subsanar la desigualdad se volvió a heredar, casi sin un rasguño, a la siguiente administración. •

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El presidente “del cambio” cede ante otra gran tentación: si él no es el favorito, tampoco lo será otro. Así, para Vicente Fox el arrastre de cualquier movimiento que le es ajeno no funciona, no sirve o va por el rumbo equivocado. El zapatismo es algo del pasado”, dice en una gira por Chiapas el 11 de enero del 2005.
Derrotado por el pecado de la envidia, emprende acciones antes que activar virtudes para detenerlo. “Ya llegarán los mesías, ya llegarán los que van a hacer campaña”, señala. Pero aunque el presidente ha hablado durante todo su mandato con indirectas (“hay quienes… para aquellos que… esos que…”), no se resiste a ponerle nombre a su gran contrariedad: “Andrés Manuel López Obrador ha engañado a la gente con una mentira del tamaño de una piedra de molino”, dice, el 8 de marzo de 2005. No habría problema con esta frase, porque no había elecciones y el presidente podía abrir el frente político que se le antojara. Pero, más adelante, ya en mero proceso electoral, reventó contra el mismo izquierdista una, y otra, y otra vez hasta que la autoridad le puso freno. “Más vale paso que dure y no trote que canse. Hay muchos acelerados, que piensan que las cosas pueden resolverse de la noche a la mañana o que pueden resolverse por arte de magia o que puede resolverlas con una varita. Eso es un engaño”, dijo el 6 de enero de 2006.
Es envidia frente al éxito de otros cuando dice: “Yo no sé por qué la confusión, yo no sé por qué alguien (siempre indirectas) se debe sentir el centro, se debe sentir el ombligo del universo, en Palacio Nacional ya hay cuatro museos operando desde hace rato, estamos por inaugurar un quinto”. López Obrador había dicho que la residencia oficial estaría en Palacio Nacional…
A principios de su mandato, Fox se hizo una imagen de él mismo difícil de alterar. Después, con el tiempo, es claro que se fue enterando de que no era visto como él se imaginaba. “Así como me ven de rancherito y con botas, también sé ser estadista y gobernante, y también sé cuándo usar traje y hablar bonito”, decía, jocoso, en 2000. •

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Vicente Fox creyó que su llegada al poder, el hecho de haber derrotado a la maquinaria infalible, le daba un lugar en la historia. Y así sería, sin duda. Pero después de ganar, el ahora presidente debía gobernar y cumplir las expectativas vendidas ante un electorado harto del PRI, pero también de la demagogia. Fox cree que su sola presencia resolverá los grandes pendientes nacionales. Su labor no es dirigir el país que lo compró, piensa, sino disfrutar de su logro indiscutible: ganarle al PRI. Como es Vicente Fox, el hombre caminó sobre las aguas turbias, no se prepara. Entonces es informal y se excede en la confianza. Frente al mundo habla de un “Borgues”, por ejemplo. El resbalón marcará su mandato de manera terriblemente negativa.
Fox no se informa. Rechaza la crítica. Da tropiezos porque intenta salirse del guión sin haber estudiado siquiera actuación. “No me estoy lavando las manos, sé cuáles son las responsabilidades del Presidente de la República y las asumo cabalmente”, dice frente a la creciente inseguridad, el 27 de mayo de 2005. Pero inmediatamente después demuestra todo lo contrario: ni está preparado, ni entiende la dimensión del reto: “‘Estamos a unos dólares de ubicarnos en la novena posición de la economía mundial, muy cerca del grupo de ocho países que toman las decisiones sobre el futuro de la humanidad”, dice. Y enseguida: “No hay duda de que los mexicanos están haciendo (en Estados Unidos) trabajos que ni siquiera los negros quieren hacer”, afirma, hiriendo a millones de norteamericanos, el 13 de mayo de 2005.
“¿Y yo por qué?”, dice cuando se le pregunta sobre el conflicto entre Televisión Azteca y CNI Canal 40, en enero de 2003. Esta frase será la mejor cita para ejemplificar la pereza, la insensibilidad y/o –en resumen– su ya proverbial debilidad para (usando su propio lenguaje florido) tomar los toros por los cuernos. Y no es que fueran muchos: es que les dieron tantas vueltas al redondel que su lidia pareció eterna. Oaxaca, Atenco, Canal 40. La lista es larga. La impericia y finalmente una pereza para prepararse, lo conduce a ser un operador torpe, rodeado de torpes o de auxiliares que le siguen el mismo paso. “Nos ofende lo que ha pasado en Juárez, pero tampoco es correcto estar refriteando, sin información, los mismos casos”, dice (30 de mayo de 2005), y se queja cuando lo critican. No hay problemas, son los medios los que los magnifican, señala. El país marcha bien, dice, y acuña una frase que nadie le compra (a pesar de que los boletines de prensa de Los Pinos, uno tras otro, la llevan como cabeza): “Las buenas noticias también son noticia”, dice. Y le da la vuelta a los problemas.
“En democracia, nadie gana todo y nadie pierde todo”, dice Fox frente a los conflictos postelectorales generados a partir de que él fue el primero en romper las reglas y con ello abrió el camino libre a otros que, como él, estaban dispuestos a hacer todo por detener a quien no fuera de su agrado. “En democracia, nadie gana todo y nadie pierde todo”. La frase, por supuesto, no es la de un político ligeramente leído. Es un dicho más del gobierno de un presidente poco preparado.

septiembre 28, 2007

Sigue el escandalo Sahagun Fox. Peligran los hijos de Sahagun.

Filed under: General — contactoguanajuato @ 2:19 pm
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Fuentes allegadas a la Secretaría de Gobernación, filtraron que la declaración del titular de esa dependencia, Francisco Ramírez Acuña, en el sentido de que “metería las manos al fuego por Fox”, fue en realidad un mensaje que se continuará la tradición mexicana del poder de proteger a los expresidentes. Pero también dejó implícito que los mas cercanos a Vicente Fox, tanto funcionarios como familiares, no están en el ánimo gubernamental de ser protegidos de la acción de la justicia cuando así lo amerite la ocasión en caso de resultar culpables de los delitos que se les imputan.

De los funcionarios del gabinete foxista están en la mira de la PGR Santiago Creel, ahora senador, y Luis Ernesto Derbéz, por su implicación en el proceso de nacionalización del empresario chino, Zhenly Ye Gon y por la distinción de que fue objeto al ser uno de los siete nacionalizados a los que personalmente les entregó su carta en el entonces presidente Fox.

También son objeto de investigaciones por parte de la Secretaría de la Función Pública el secretario de comunicaciones de Fox, Pedro Cerisola, por asuntos como la nebulosa construcción de la ampliación al aeropuerto del DF, entre muchos otros casos de asignación y ejecución de obras en el pasado sexenio. El ex director de PEMEX, Raúl Muñóz Leos, por los contratos que otorgó a una empresa naviera para que rentara buques a la para estatal y que se asegura fue por presiones de los hermanos Bribiesca Sahagún.

A los funcionarios del IPAB que remataron lotes de casa a precios increíbles (tres mil pesos por vivienda) a la empresa Construcciones Prácticas de la era socio Manuel Bribiesca.

Y el caso mas espinoso es el del secretario de hacienado del foxismo, Francisco Gil Díaz y su director de aduanas, José Guzmán Montalvo, quien bajo el esquema de la contratación de una empresa privada ISOSA (cuyo presidente fue ejecutado en la ciudad de México sin que hasta la fecha se haya encontrado a responsable alguno de ese ilícito) y que cometieron un sin fin de irregularidades como la transferencia de mercancia decomisada a la Fundación Vamos México y el tráfico de todo tipo de artículos con la complascencia de las aduanas administradas por ISOSA.

La principal investiga por la Secretaría de la Función Pública es la segunda esposa de Fox, Marta Sahagún.

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